Están pasando cosas extrañas, no hablo en tono apocalíptico, si no en el tono más normal que existe. Demasiado normal o quizá inquietantemente normal, aunque al decir esto pierda la dirección de lo que estoy tratando de articular… lo cierto es que se están perdiendo los botones, se están pudriendo las verduras, los pasos… se están muriendo mis vecinos, los papás de mis amigos, las mamás de mis amados amigos, los hermanos de mis amados amigos, se están muriendo todos y se van apilando de apoco cerca de mis zapatos. Veo sus caras apuntando hacia todas las direcciones que pueden encontrar en esos microsegundos y veo que no lloran, y que me abrazan y que me dicen que es normal, que todos mueren, que la gente se muere y que no importa eso. Que nos fumemos un parahüa y nos tomemos un vino tinto de esos bien baratos y salgamos a caminar de noche. Que vayamos al centro por que las luces del centro son muy atractivas y se disfrutan mucho.
Ojalá todos tuviésemos bicis y nos dejásemos dirigir por cualquier avenida larga de la ciudad, por esas grandes avenidas interminables, llenas de autos apuntando siempre a la dirección que nos entrega el calidoscopio formado por la velocidad y las luces, por esa fugacidad de los momentos, esa minúscula memoria atrapada por el ojo y el tacto y luego desaparece en la instantánea que la luz estática se convierte en rayo. Un enorme rayo interminable, un camino infinito con un punto estrellado en las manifestaciones luminosas que entrega la virtualidad del momento, o por lo menos, esa ilusa ideas de virtualizar los momentos. La velocidad maneja el instante sucesivo, el recuerdo, el hoyo interminable al que nos exponemos con la primera palabra, con la primera aparición orgánica frente a la lluvia meteórica retumbante y sedienta, frente a la fiebre y el pánico que produce la caída interminable boca abajo.

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