lunes, 6 de octubre de 2008

Respiro avismante en tu oido. El pirata viene por tí

El sonido del reloj a las seis de la mañana es algo que puedo describir como una experiencia asquerosa, y no solo por el sonido del reloj que, en gran parte fomenta hiperbólicamente el asco de la situación en si, si no por que en ese acto de deber ser persona hay un gran robo de las horas que dispongo para dormir, que a estas alturas van en tres o cuatro, y para vivir…

Luego de eso viene la rutina, el primer contacto con el agua, el meado mañanero, la ropa, la comida para no morir en el intento, la salida, el viaje, ay el viaje tan colapsado que me sumerge en un soledad ineludiblemente triste. Lo peor es que este horario me sirve para alimentar el odio al ser humano que me rodea, si, puedo observar sus bajos instintos, su perversidad innata, su desgano, su arribismo, su violencia, sus conductas y sus caras, todo termina siendo asquerosamente horrible y terriblemente triste, como el sentimiento de soledad que se infla como un globo que nunca explota. En esos momentos mis pensamientos y mis deseos los conduce la masacre colectiva: pienso en el choque de trenes que termina por aplastar a todo el mundo (el mundo de esos vagones y esos buses), o en una lluvia de bombas que termina es sus bocas y que finalmente todos explotamos y nuestros cuerpos despedazados van a terminar en las ventanas, puertas, rejas, antepatios y paredes de las casas y departamentos más próximos. También pienso que tengo un arma, esta siempre varía según el estado de ánimo, a veces es un revolver o un cuchillo o una bazuca, esta última siempre me ha parecido la mejor, es más rápida y efectiva. En las ocasiones que huyo de sus caras miro por la ventana (cuando me es permitido) y me entristezco, nunca se concretamente por que, pienso en porquerías que pasaron, que pasan, o que van a pasar y me dan ganas de llorar incontrolablemente, a veces siento unas terribles ganas de gritarle a la gente en la cara, escupirles la cara con mis gritos y que me queden mirando con cara de espanto sin entender nada y que ese inentendimiento sea tan reciproco que nos terminemos golpeado el pecho, a la altura del corazón, una y otra vez hasta machacarlo, hasta desgarrarlo, hasta que se caiga al suelo expuesto a millones de talones dispuestos a pisarlo, sin pudor, sin amor, sin dudar nunca en pisarlos más de una vez.

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